Hoy, lunes 8 de diciembre de 2025, se cumplen 45 años de uno de los días más trágicos en la historia de la música moderna. Hace exactamente cuatro décadas y media, otro lunes —el 8 de diciembre de 1980— John Lennon, el beatle visionario, el poeta rebelde, el padre devoto y el eterno buscador de paz, vivió sus últimas horas en la Tierra.
No fue un día cualquiera; fue un mosaico de rutinas cotidianas tejidas con destellos de genialidad creativa, risas compartidas y una inocencia que el destino, caprichoso y cruel, decidió truncar.
Este post, antológico en su ambición, es la síntesis de un día que nos lleva a una ineludible reflexión: lo efímero que es la vida, y la importancia radical del amor. Estas líneas son un sentido y humilde homenaje a una voz y una presencia indeleble en la vida de muchos de nosotros.
Aquí se reconstruye un poco ese lunes fatídico hora por hora. Inspirado en testimonios directos, fotografías inmortales y archivos disponibles al público.
Manhattan, Lunes 08 de diciembre de 1980
Caminemos por las calles de Manhattan de 1980. Veremos a un John de 40 años, rejuvenecido por el amor y la música, ajeno al acecho de la oscuridad. Y en cada paso, reflexionaremos sobre el destino: esa fuerza invisible que , como en una balada de los Beatles, te lleva “al otro lado de la carretera” sin previo aviso.
Despertar en el Dakota
Imagina el sol de diciembre filtrándose por las ventanas del ático 19 del Dakota, ese castillo gótico en la 72nd Street oeste de Manhattan, con vistas al Central Park nevado. Eran un poco antes de las 7 de la mañana cuando John Winston Lennon se despertó junto a Yoko Ono, su compañera de batallas artísticas y hogareñas.
Habían pasado cinco años de retiro autoimpuesto —los “años perdidos” de Lennon, dedicados a criar a Sean, su hijo de cinco años, nacido en 1975 y heredero de esa misma fecha de octubre que su padre—. Pero 1980 era un año de renacimiento: Double Fantasy, su álbum de regreso, acababa de salir el 17 de noviembre, y las reseñas eran un bálsamo para el alma.
John, con su cabello corto y gafas redondas, se sentía vivo, “como un pájaro en vuelo”, diría más tarde en una entrevista. Yoko, siempre la ancla pragmática, preparó el desayuno: té verde, frutas y quizás un poco de esa avena que Sean adoraba. La familia desayunó junta, riendo sobre las travesuras del niño, que jugaba con bloques de madera en el suelo. Helen Seaman, la niñera de confianza, llegó temprano para llevar a Sean a un paseo por el parque.
Fuera, el frío neoyorquino mordía, pero dentro del Dakota —hogar de celebridades como Lauren Bacall y Leonard Bernstein—, reinaba una calidez casi tangible. John besó a su hijo en la frente, tarareando quizás “Beautiful Boy (Darling Boy)”, esa nana que acababa de grabar: “Close your eyes, have no fear… Life is what happens to you while you’re busy making other plans”. Palabras proféticas, escritas sin saberlo.
Ese amanecer no era solo familiar; era productivo. La agenda del día bullía: una sesión de fotos con Annie Leibovitz para Rolling Stone, una entrevista con locutores de RKO Radio, y una noche en el Record Plant para pulir “Walking on Thin Ice”, un tema de Yoko donde John deslumbraba con su guitarra. John, optimista, le dijo a Yoko: “Hoy será un gran día”. Poco sabían que el destino, ese tejedor silencioso, había colocado ya las hebras oscuras en el tapiz.
Sombras al Borde de la Puerta: El Acecho de Mark David Chapman
Mientras Lennon sorbía su té, a solo metros de la entrada principal del Dakota, Mark David Chapman, un joven de 25 años de Hawái, montaba guardia como un centinela invisible. Chapman había llegado a Nueva York el 6 de diciembre, armado con una .38 Special comprada en Honolulu y una copia de Double Fantasy. No era un fan cualquiera; era un devoto envenenado por la envidia y la paranoia. Inspirado por The Catcher in the Rye de J.D. Salinger —cuyo protagonista, Holden Caulfield, era su “evangelio”—, Chapman se veía como un “guardián de la inocencia”, obsesionado con la frase de Lennon en 1966: “Somos más populares que Jesús”. Para él, John era un hipócrita: rico, ateo, promotor de la paz mientras vivía en lujo.
Ese lunes, Chapman merodeó desde las 5 de la mañana, charlando con fans y el portero José Perdomo. Vio llegar a Helen Seaman con Sean; Chapman, con su abrigo raído y una camiseta promocional de Todd Rundgren bajo la chaqueta, esperó. No gritó, no amenazó; solo observó, murmurando versos de Holden como un mantra. El destino lo había traído allí, pero ¿quién lo mandó? ¿La soledad de un alma fracturada, o algo más cósmico, un desequilibrio en el universo que Lennon intentaba equilibrar con su música?
La Última Mirada al Mundo: La Entrevista en el Dakota y la Profecía involuntaria
Alrededor de las 10:30 de la mañana, el apartamento se transformó en un estudio improvisado. Dave Sholin y Laurie Kaye, del equipo de RKO Radio de San Francisco, llegaron con micrófonos y cintas. Habían entrevistado a John dos días antes en The Hit Factory, pero esta era la gran charla: dos horas de reflexiones sobre Double Fantasy, la paternidad y el futuro.
Habló durante más de dos horas con la voz más limpia que jamás había tenido.
Habló como quien ya no necesita demostrar nada.
Habló como quien ha encontrado por fin la paz.
«He estado cinco años fuera, pero nunca me fui.
Estaba cambiando pañales y horneando pan.
Soy un amo de casa y me encanta.»«Sean es mi maestro.
Con él estoy aprendiendo lo que nunca aprendí con Julian.
No pienso perderme ni un segundo más.»«No tengo miedo a morir.
Vivo cada día como si fuera el último.
Espero tener otros cuarenta años,
pero si es mañana… he tenido una buena vida.»«Mi trabajo no terminará hasta que esté muerto y enterrado…
y espero que eso sea dentro de mucho, mucho tiempo.»«Si alguien quiere matarme, que venga.
Camino por Nueva York sin escolta.
No tengo nada que esconder.
Yoko es lo mejor que me ha pasado.
Somos dos artistas que se encontraron y decidieron no soltarse nunca.
Tengo cuarenta años y me siento como de veinticinco.
He perdido demasiados años enfadado.
Ya no estoy enfadado.
Ahora solo quiero amar.»
Cuando terminó la entrevista, abrazó a cada periodista como quien abraza a un hermano.
A Dave Sholin le dijo: «Nos vemos pronto en la Costa Oeste».
Dave salió con el corazón en la garganta y lágrimas que no entendía.
Eran las 12:30 cuando terminaron; el equipo se despidió con abrazos. John, ajeno al peso de sus palabras, sintió un escalofrío. ¿Premonición? El destino, a veces, susurra antes de gritar.
Inmortalidad en Blanco y Negro: La Sesión de Fotos con Annie Leibovitz
Inmediatamente después, a las 11:00, llegó Annie Leibovitz, la fotógrafa estrella de Rolling Stone. Tenía una visión audaz: capturar a John y Yoko en su intimidad más cruda, desnudos, como Adán y Eva en un edén moderno. El apartamento, con sus paredes blancas y arte conceptual de Yoko, se convirtió en set. John, siempre el aventurero, se desvistió primero, acurrucándose fetal contra el vientre de Yoko, quien dudó —”No quiero estar desnuda”— pero cedió ante la insistencia de su esposo: “Annie, déjala vestida. Yo desnudo. Eso es más honesto”. Leibovitz disparó el obturador: clic, clic. La imagen resultante —John besando el hombro de Yoko, vulnerable, amoroso— se publicaría en la portada de Rolling Stone del 22 de enero de 1981, dedicada enteramente a él. Votada como la mejor portada de las últimas cuatro décadas en 2005, es un testamento visual: Lennon, no como beatle intocable, sino como hombre mortal, entregado al amor.
La sesión duró hasta las 3:30 de la tarde. Leibovitz capturó más: John riendo, Yoko posando con discos, Sean asomando la cabeza. “Fue mágico”, recordaría Annie. “John estaba en paz consigo mismo”. Al partir, dejó un rollo de película que inmortalizaría no solo su arte, sino su alma.
El destino, en su ironía, convirtió esas tomas en las últimas imágenes públicas de un Lennon radiante.
El Fan Amigo y la Firma Fatal: Fotos con Paul Goresh y el Encuentro con Chapman
Mientras Leibovitz empacaba, John bajó brevemente al lobby para un respiro. Fuera, Paul Goresh, un fan neoyorquino y fotógrafo amateur, esperaba con su cámara. Goresh era “el fan amigo”: había documentado a Lennon durante años, capturando su regreso a la fama. Ese día, alrededor de las 4:00, John posó con él: sonrisas, charlas sobre Double Fantasy.
Entonces se acerca Mark David Chapman, tembloroso:
«Mr. Lennon… would you sign my album, please?»
John coge el disco y el bolígrafo: «Sure. Is that all you want?»
Firma con su letra inconfundible: John Lennon – 1980 y dibuja una pequeña carita sonriente.
Paul Goresh dispara la foto: la última imagen de John Lennon vivo y sonriendo.
John palmea el hombro de Chapman y dice: «Take care».
Chapman se queda allí, mirando la firma, mientras John y Yoko suben al limousine con el equipo de RKO que comparte trayecto hasta el centro.
17:15 – 22:40h Record Plant Studios – La última sesión
Llegan al estudio de la 321 West 44th Street. Trabajan en “Walking on Thin Ice” de Yoko: John pone overdubs de guitarra (ese riff hipnótico que todos conocemos).
Hace coros susurrados y efectos de eco.
A las 21:30 dice a los técnicos: «Esto va a ser el mayor éxito de Yoko».
A las 22:30 están exhaustos pero felices.
Yoko: «¿Cenamos algo rápido?»
John: «No, vamos a casa. Quiero ver a Sean antes de que se duerma y luego iremos al Stage Deli».
Salen a las 22:40 exactas. El productor Jack Douglas les dice: «Nos vemos mañana».
John responde: «Sí, mañana seguimos».
22:50h Regreso al Dakota
El limousine llega a la 72nd con Central Park West.
Normalmente entran por el patio interior (seguro). Esa noche, por capricho o prisa, bajan delante de la entrada principal.
El chófer para el motor.
Yoko baja primero. John la sigue, llevando en la mano las cintas máster de la sesión.
22:51 h Los disparos
Mark David Chapman, que ha estado esperando cinco horas inmóvil bajo el arco, adopta la “postura de combate” que aprendió viendo películas (pies separados, arma a dos manos).
John camina delante de Yoko.
Chapman grita: «¡Mr. Lennon!»
John se gira apenas.
Cinco disparos ensordecedores en menos de tres segundos.
Cuatro balas impactan:
1.ª y 2.ª: espalda izquierda → atraviesan el pulmón y la aorta.
3.ª y 4.ª: hombro izquierdo → destrozan arteria subclavia.
La quinta bala se pierde en la noche y rompe un cristal del vestíbulo.
John consigue dar cinco pasos tambaleantes, sube los siete escalones del arco, entra al vestíbulo y se desploma boca abajo frente al mostrador del conserje.
Sus últimas palabras audibles:
«I’m shot… I’m shot…» («Me han disparado…»)
Las gafas redondas oscuras salen volando. Las cintas máster se esparcen por el suelo.
Yoko grita: «¡John! ¡John! ¡Ayuda! ¡Alguien ayude!»
22:52 – 22:57 h Reacción inmediata
El portero José Perdomo arrebata el arma a Chapman y la lanza al suelo gritando: «¡¿Qué has hecho?! ¡¿Qué has hecho?!»
Chapman se quita el abrigo tranquilamente, saca El guardián entre el centeno y espera sentado en la acera.
El conserje Jay Hastings corre a ayudar a John, le quita la chaqueta ensangrentada y le pone la suya encima: «Quédate conmigo, John, quédate conmigo».
Llega la primera patrulla (oficiales Peter Cullen y Steve Spiro) a los 90 segundos: ven a Chapman y lo esposan.
Chapman: «I acted alone. It’s me».
Otra patrulla (James Moran y Bill Gamble) entra al vestíbulo. Ven a John boca abajo, en un charco de sangre que crece rápidamente.
Moran: «¡Dios mío, es John Lennon!»
22:58 – 23:07 h Carrera al Roosevelt Hospital
La ambulancia oficial tarda demasiado. Los policías deciden llevarlo ellos.
Moran y Gamble levantan a John (aún consciente, aunque apenas) y lo meten en el asiento trasero del coche patrulla 357.
Moran se sienta atrás con él, sosteniéndolo en brazos.
En el trayecto (9 manzanas a toda velocidad, sirenas aullando):
Moran: «¿Sabes quién eres? ¿Sabes tu nombre?»
John asiente débilmente, intenta hablar, “soy John Lennon, de los Beatles…” intentó decir, pero solo salen burbujas de sangre por la boca.
Moran (años después, con lágrimas): «Sus ojos me miraban… sabía que se iba».
Llegan al Roosevelt Hospital (59th St. & 9th Ave.) a las 23:07.
23:08 – 23:15 h Sala de emergencias – El intento imposible
El equipo médico (Dr. Stephan Lynn, Dr. David Halleran, Dr. Richard Marks) recibe a John ya en parada cardiorrespiratoria. Intubación inmediata.
Masaje cardíaco abierto: abren el pecho, Lynn masajea el corazón directamente con sus manos.
Transfusiones masivas (más de 20 unidades de sangre y plasma).
Toracotomía de emergencia.
Pero las balas han seccionado la aorta y la subclavia: la pérdida de sangre es catastrófica.
A las 23:15 el Dr. Lynn pronuncia la hora oficial de la muerte:
«Time of death: 11:15 p.m.»
Yoko, en una sala contigua, se derrumba gritando: «¡No! ¡No! ¡Díganme que no es verdad!»
23:30 h – Madrugada La morgue y el silencio
El cuerpo es trasladado a la morgue médica de la ciudad en la Primera Avenida.
Allí se toma la última fotografía oficial: John desnudo sobre la mesa de acero, con una toalla blanca cubriendo las heridas.
Esa imagen nunca se ha publicado legalmente, pero quienes la han visto (incluida Yoko) dicen que parecía estar durmiendo plácidamente.
Epílogo
A las 23:55 Howard Cosell interrumpe Monday Night Football en ABC:
«…Recuerden que esto es solo un partido de fútbol… pero John Lennon ha sido asesinado esta noche en Nueva York, fuera del edificio Dakota… ha sido declarado muerto a las 11:15 de la noche».
El mundo se detiene.
La Noche que el Mundo se Quedó Mudo
Minutos después de la declaración oficial de muerte, el Dr. Lynn salió a la sala de espera donde Yoko, hecha un ovillo en un sofá, abrazaba a David Geffen, su amigo y jefe de Geffen Records. Lynn se arrodilló frente a ella y, con la voz quebrada, dijo:
“Yoko… lo hicimos todo. No pudimos salvarlo”.
Ella respondió, casi inaudible: “Dime que está dormido”.
“No, Yoko. John se ha ido”.
Entonces Yoko soltó un grito primal que recorrió los pasillos del Roosevelt y que muchos de los presentes recordarían el resto de sus vidas. Afuera, la noticia ya corría como incendio forestal. Howard Cosell interrumpió Monday Night Football en ABC a las 11:45 p.m.:
En Liverpool, la gente salió a la calle en pijama. En Tokio, los fans se congregaron frente a la embajada británica. En Berlín Occidental, alguien escribió con tiza en el Muro: “John Lennon murió. El Muro sigue en pie. Algo está mal”.
A las 3:30 a.m. del 9 de diciembre, el cuerpo de John llegó a la morgue de la Oficina del Médico Forense en la 520 First Avenue. El Dr. Elliot Gross realizó la autopsia (caso nº 80-5355). Los hallazgos son brutales en su frialdad clínica: Cuatro heridas de entrada por proyectiles de calibre .38, balas huecas (hollow-point) que se expandieron al impactar.
Daño masivo en aorta torácica, arteria subclavia izquierda y pulmón izquierdo.
2.5 litros de sangre en la cavidad pleural izquierda (prácticamente se desangró en menos de 90 segundos).
Estómago vacío salvo restos de café y un poco de pan.
A las 8:00 a.m. del 09 de diciembre, un fotógrafo de la policía tomó la última imagen oficial de John Lennon: acostado en una camilla de acero inoxidable, con la etiqueta “Lennon, John” en el dedo gordo del pie. Esa foto, filtrada años después, es la que más duele: ya no es el rebelde de gafas redondas, es un hombre de 40 años, delgado, con el cabello corto y grisáceo, el rostro relajado como si durmiera después de un día agotador.
El Silencio del Dakota
Yoko regresó al edificio a las 2:30 a.m. El portero José Perdomo, aún temblando, le abrió la puerta. En el lobby seguía la sangre de John, ya seca, formando una estrella oscura en el mármol. Yoko pidió que nadie la limpiara hasta que ella lo decidiera. Subió al apartamento 72, despertó a Sean y le dijo:
“Papá ha tenido que irse de viaje muy lejos. No va a volver, pero siempre estará con nosotros”.
Sean, con cinco años, respondió: “¿Entonces cuándo vuelve del aeropuerto?”.
Yoko no pudo contestar.
A las 10 de la mañana del 9 de diciembre, Yoko emitió un comunicado que es una obra maestra de contención y dolor:
“No habrá funeral para John. John amaba y rezaba por la humanidad. Por favor, hagan lo mismo por él. Con amor, Yoko y Sean”.
14 de diciembre de 1980: Diez Minutos de Silencio Mundial
Yoko pidió que el domingo siguiente, a las 2 p.m. hora de Nueva York, el mundo guardara diez minutos de silencio. Más de 100.000 personas se reunieron en Central Park, 30.000 en Liverpool frente al Cavern, 20.000 en Tokio, miles en Berlín, Madrid, Buenos Aires, Ciudad de México…
A las 2 p.m. en punto, el planeta se calló. No se escuchaba ni una sirena. En Liverpool, una gaviota pasó volando sobre la multitud y alguien dijo: “Es John volviendo a casa”.
Las Cenizas y el Lugar donde Descansa sin Tumba
El 10 de diciembre, en una ceremonia privada en el cementerio Ferncliff de Hartsdale, Nueva York, el cuerpo de John fue cremado. Yoko recogió las cenizas en una urna de porcelana japonesa. Nunca ha revelado dónde están.
Rumores: algunas en el mar frente a Liverpool, otras esparcidas en Central Park (donde años después se creó Strawberry Fields), otras guardadas en el apartamento del Dakota junto a la cama donde duerme Sean.
Yoko dijo una vez, en privado: “John está en todas partes donde alguien canta Imagine con el corazón abierto”.
El Juicio de Chapman: “Sentí que me convertí en nadie matando al alguien más famoso”
El 22 de junio de 1981 comenzó el juicio. Chapman se declaró culpable contra el consejo de su abogado Jonathon Marks, diciendo que “Dios le había dicho que lo hiciera”.
El 24 de agosto de 1981 fue sentenciado a cadena perpetua con posibilidad de libertad condicional tras 20 años.
Desde entonces ha sido denegada su libertad condicional 12 veces (la última en 2024).
En una de las audiencias, Yoko envió una carta que termina así:
“John te perdonó. Yo aún estoy trabajando en ello”.
El Legado que Creció con su Ausencia
Double Fantasy ganó el Grammy al Álbum del Año en 1981.
“Woman” y “Watching the Wheels” llegaron al Top 10 póstumamente.
Milk and Honey (1984) y las colecciones Anthology (1998) mantuvieron su voz viva.
En 1985 se inauguró Strawberry Fields en Central Park, con el mosaico “Imagine” donado por Nápoles. Cada 8 de diciembre y 9 de octubre, las flores cubren el círculo entero.
45 Años Después: El Lunes que Nunca Termina
Hoy, lunes 8 de diciembre de 2025, el calendario se alinea otra vez.
Es lunes, como aquel lunes.
Es 8 de diciembre, como aquel 8 de diciembre.
Y en algún lugar del mundo, tal vez un niño de cinco años —la misma edad que tenía Sean— está escuchando por primera vez “Beautiful Boy” y pregunta a su padre:
“¿Quién es ese señor que canta que la vida es lo que te pasa mientras haces otros planes?” Y el padre, con esa sensación de nostalgia, admiración y dolor le responda:
“Es alguien que intentó cambiar el mundo con canciones… y lo logró”. Porque John Lennon no murió aquel lunes.
Aquel lunes, simplemente se convirtió en música para siempre.
Gracias por caminar con nosotros por estas horas sagradas y terribles de ese lunes.
Si sientes una lágrima, déjala caer, tal vez es la forma en que John sigue abrazándonos.
En definitiva, todo lo que necesitamos, es amor.
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