Venezuela se apaga a diario
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Venezuela se apaga a diario y la mesa que prefiere el oro a los presos políticos

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El viernes 14 de agosto de 2026 casi toda Venezuela amaneció otra vez sin luz. Sí, otra vez, cada día, sin pausa y sin tregua. No fue un corte programado de tres o cuatro horas. Ya suman más de seis horas y de a dos tandas al día, previo sms a los sufridos usuarios «avisando» que ocurrirían los cortes, pero no exactamente cuándo. Y mientras la gente sufría, el narcorégimen residual ya tenía preparada la narrativa de siempre, la proyección de responsabilidades y la nada.

Las quejas reales que nadie en el poder quiere escuchar


En las redes sociales las denuncias no se hicieron esperar. Desde Anzoátegui, usuarios reportaban: “Estamos sin luz desde las 10:30 de la mañana. Ya basta de acostumbrarse a lo malo. Merecemos vivir bien, pero estos engendros del demonio nos han robado todo desde hace casi 30 años”. En Caracas, vecinos de Chuao y Los Palos Grandes escribían: “Sin luz en la Avenida Araure. Otra vez. ¿Hasta cuándo?”. En Maracay y Valencia los mensajes se repetían: “Cuando comienza el racionamiento de seis horas, el recibo de luz no baja. Al contrario, ahora está anclado al dólar y sube. Solo en Venezuela te quitan el servicio y te cobran más”.

Estas no son quejas aisladas. Son el grito cotidiano de un país que lleva años viviendo a oscuras mientras el poder se ilumina. La gente no pide milagros. Pide lo mínimo: luz, agua y la posibilidad de trabajar sin que un bajón dañe la nevera o el televisor, o la PC. Pero el régimen responde con operativos policiales y militares, y con la nada en solución.



El “divide y vencerás” diabólico: interior contra Caracas


El narcorégimen tiene una meta clara y diabólica: dividir. Mientras el interior del país se consume en apagones de hasta diez horas diarias, Caracas —o al menos ciertos sectores privilegiados— mantiene un servicio relativamente estable. Esa diferencia no es casual. Es estrategia. El mensaje implícito es simple: “El problema es de ustedes, los del interior. En la capital todavía hay luz”. Así se intenta malponer a los venezolanos de provincia contra los de Caracas, como si la capital fuera la culpable de la miseria energética nacional.

Es el clásico “divide y vencerás”. Mientras la gente discute si Caracas tiene privilegios o si el interior es el más abandonado, nadie mira al verdadero responsable: un sistema eléctrico destruido por décadas de desinversión, robo y priorización del petróleo sobre la vida cotidiana. Los terremotos de junio de 2026 dañaron Termocarabobo y restaron 600 megavatios, sin embargo los cortes de luz en Valencia venían seguidos desde enero, así que esa infelíz excusa no aplica. Es maldad, punto. El Niño amenaza con secar el Guri, que aun ahora mismo sobrelleno no sirve para absolutamente nada. Pero la raíz del problema es anterior. Es estructural. Y el régimen lo usa para enfrentar a venezolanos contra venezolanos mientras sigue sin solucionar nada porque hijos de perra como son, no les interesa.



La mesa de «negociación»: más pendiente del oro que de los presos políticos y demostrar valor real



Mientras el país se apaga, la “fulana mesa” de diálogo entre el gobierno encargado de Delcy Rodríguez y un sector de la oposición ilegítimo porque nadie los eligió para estar ahí, porque eso de 2015 es además inconstitucional, aberrante y fuera de todo propósito, cierra su primera ronda con dos acuerdos principales. El primero: recuperar el oro venezolano depositado en el Banco de Inglaterra (unas 31 toneladas valoradas en cerca de 1.950 millones de dólares) para “atender a las víctimas de los terremotos”. El segundo: reformar el Tribunal Supremo de Justicia y designar nuevos magistrados.

Nadie discute que el oro es de los venezolanos y debe regresar. Pero la prioridad resulta insultante. Mientras se discuten mecanismos de transparencia y auditoría para el oro, más de 500 presos políticos siguen encarcelados. Organizaciones de derechos humanos registran 502 detenidos por motivos políticos. La mesa habla de “liberación de presos” como promesa vaga, sin fechas, sin listas, sin garantías. El oro tiene cronograma. Los presos políticos no.

Dinorah Figuera y Jorge Rodríguez se estrechan la mano. Se felicitan. Y el pueblo sigue sin luz y sin justicia. María Corina Machado y Edmundo González no participan en esa mesa. Y con razón. Porque esta negociación parece más diseñada para legitimar al poder residual que para desmantelarlo.

Sin embargo este viernes 14 de agosto, tal vez resintiendo el disgusto masivo, el Secretario de Estado Marco Rubio publicó en la cuenta oficial del Departamento de Estado lo siguiente:

«La reciente liberación de más de 130 presos políticos en Venezuela representa un paso crucial para el proceso de reconciliación del país. Desde el 3 de enero, 1046 venezolanos han sido liberados.

Mientras avanzamos en el plan de tres fases, Estados Unidos continúa monitoreando de cerca el proceso de conversaciones presenciales liderado por Venezuela con las autoridades interinas.»

El punto es que deben ser liberados todos los presos políticos sin excepción y sin más demoras. Pero a Rubio se le olvida que está tratando con los hijos de un secuestrador, así que la delincuencia es la manera y el trato esperado.

Venezuela tiene instalados 36.000 megavatios. Disponibles, menos de 13.000. El déficit supera los 1.500 MW. Casi el 90 % de la capacidad térmica está fuera de servicio. La dependencia del Guri supera el 80 %. Los cortes de diez horas ya son rutinarios en varios estados.

La gente ya no cree en nada ni en nadie. Sabe que el problema no es un saboteador invisible. Es un sistema destruido por la corrupción, la improvisación y el desprecio por la vida de los ciudadanos. Sabe que mientras se negocia el oro de Inglaterra, los hospitales se apagan, los niños estudian a la luz de velas y las empresas cierran por falta de energía.

Este asunto maldito de los cortes de luz son la consecuencia lógica de un modelo de poder que prefiere controlar a través de la penuria. Dividir al interior de Caracas. Distraer con el oro mientras los presos políticos se pudren en las cárceles. Negociar reformas judiciales que nadie confía que resulten en algo viable, porque no solucionan la urgencia real de la vida del cudadano de a pie.

Venezuela no necesita más mesas. Necesita luz. Necesita justicia. Y necesita que el pueblo deje de acostumbrarse a la oscuridad. Porque, como escribieron los propios usuarios en las redes: “Ya basta de acostumbrarse a lo malo. Merecemos vivir bien”.

Aquí lo soltamos sin rodeos: mientras el país se apaga, la mesa brilla con el reflejo del oro. Y eso, señores, es intolerable. Dan asco. Y pagarán.

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