Hoy jueves 24 de septiembre de 2026, en un estadio de ferias de San Luis —The Dome at America’s Center, dos de la tarde—, el cardenal Luis Antonio Tagle beatificará a Fulton John Sheen en nombre de León XIV. Casi 50.000 peregrinos, más de ochenta obispos, cientos de sacerdotes. Peoria no cabía. El primer obispo nacido en Estados Unidos que la Iglesia declara beato no se corona en una capilla íntima. Se corona donde América celebra ferias y fútbol. Hay una ironía fina en eso, y Sheen la habría subrayado con tiza.
León XIV, illinoisiano como él, lo nombró el miércoles en la audiencia: que su ejemplo inspire “nuevas formas de difundir el Evangelio con entusiasmo gozoso”. La frase es correcta y se queda corta. Sheen no inventó la alegría. Inventó, en el siglo de la radio y de la televisión, la posibilidad de que un hombre con sotana y pizarra compitiera en prime time con Milton Berle y Frank Sinatra… y a veces ganara.
El Tuqueque Noticias no va a vender una estampita. Sheen no necesita otra. Lo que falta es leerlo contra este presente que usa pantallas para todo menos para pensar. Conozcan al Beato Fulton Sheen.
El profesor que se negó a bajar el voltaje
Nació en El Paso, Illinois, el 8 de mayo de 1895. Se ordenó en Peoria el 20 de septiembre de 1919. Se doctoró en Lovaina. Dio clase en la Catholic University. Antes de ser “el obispo de la tele” era filósofo: Tomás, el mal, la gracia, el comunismo como religión invertida. Escribió decenas de libros. Dirigió la Propaganda de la Fe y recaudó fortunas para misiones. Participó en todas las sesiones del Vaticano II. Juan Pablo II lo abrazó en 1979: “Has escrito y hablado bien del Señor Jesús. Eres un hijo leal de la Iglesia.” Murió ese mismo año, a los 84.
La radio lo encontró en 1926. En 1930 se quedó dos décadas en The Catholic Hour de la NBC: hasta cuatro millones de oyentes, miles de cartas por semana, fascículos que se vendían por millones. No era un escape. Hablaba de la depresión, del trabajo, de la guerra, de la dignidad, de la razón y la fe. Calculaba cuarenta o sesenta horas de preparación por emisión. “Ser un buen orador es diez por ciento de exposición y noventa de pensamiento.” Esa frase sola ya lo deja fuera del influencer promedio de 2026, que improvisa doctrina entre un unboxing y un baile.
En 1952, ya obispo auxiliar de Nueva York, pasó a la televisión. Life Is Worth Living: sotana, ferraiolo morado, pizarra, veintisiete minutos y veinte segundos justos, sin teleprompter. Treinta horas de estudio por media hora de aire. En el pico, unos treinta millones de espectadores, la mayoría no católicos. Emmy al personaje televisivo del año. Portada de Time. Al recoger el premio: “Quiero agradecer a mis cuatro guionistas: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.” No era un chiste de banquetes. Era el método. El medio no le daba permiso para diluir el contenido. El contenido tenía que ser lo bastante sólido para merecer el medio.
Volvió en los sesenta con The Fulton Sheen Program. El formato no cambió porque la tesis no había cambiado: la vida merece ser vivida, y no se vive de ruido.
Lo que decía, no el merchandising
Sheen no era un coach espiritual. Era un moralista con metafísica. El hombre quiere tres cosas, repetía: vida, conocimiento y amor. Nos volvemos aquello que amamos: si amamos lo bajo, nos envilecemos; si amamos lo noble, nos ennoblecemos. Nada ocurre en el mundo que no haya ocurrido antes dentro de un corazón. Los libros son amigos que no se ofenden cuando los dejas y te enriquecen cuando vuelves. El maestro que no puede explicar lo abstracto a un niño no entiende su materia.
Eso, dicho en 1954 ante una cámara en blanco y negro, suena casi subversivo en 2026.
Educación. Sheen trataba al maestro como custodio de la verdad, no como animador de autoestima. Enseñar era “prolongación de la Palabra”. Hoy la escuela occidental —pública y, a menudo, la que se dice católica— ha sustituido la transmisión por la terapia y el canon por el taller de identidad. El alumno no es un intelecto al que se debe la dificultad. Es un consumidor al que no se debe herir. Sheen habría reconocido el síntoma: una civilización que ya no cree que exista lo verdadero no puede educar. Solo puede gestionar estados de ánimo. La pizarra de Sheen era el anti-PowerPoint. Una línea, una distinción, un silencio. El silencio es lo que la pedagogía actual no soporta.
Familia. No vendía el hogar como “espacio seguro”. Lo trataba como primera escuela de la voluntad. El amor que no se ordena se pudre en capricho. La autoridad que se avergüenza de existir produce hijos que no saben obedecer ni mandar. El siglo XXI ha convertido a la familia en campo de experimentación ideológica y, a la vez, en residuo económico: dos sueldos, cero tiempo, pantallas de niñera, el Estado como padre suplente y el algoritmo como confesor. Sheen no alcanzó TikTok. Alcanzó algo peor de diagnosticar: el aburrimiento como pecado de época. Una casa donde nadie mira a nadie porque todos miran un feed es exactamente el infierno doméstico que él describía sin conocer el iPhone: almas que ya no se pertenecen.
Fe. Aquí hay que ser precisos para no convertirlo en mascota de ninguna trinchera. Sheen no era un integrista de sacristía ni un liberal de salón. Era tomista en horario de máxima audiencia. Fe y razón no se pedían permiso. El comunismo le parecía una herejía porque robaba la esperanza y la encarnaba en el Partido. El materialismo liberal le parecía otra, porque robaba el alma y la encarnaba en el confort. El interlocutor no era “el católico practicante”. Era el americano cansado, judío, protestante o indiferente que a las ocho de la noche prefería oír hablar de cosas con sentido antes que de un sketch. Esa ambición —hablar al no convencido sin vender el dogma a plazo— es lo que el catolicismo mediático posterior a menudo perdió: o se volvió entretenimiento devoto para los ya capturados, o se volvió sociología con sotana.
Realización del ser humano. “Life is worth living” no era un eslogan de supermercado. Era una tesis contra el nihilismo de posguerra y contra el psicoanálisis barato que convertía la culpa en enfermedad y la responsabilidad en trauma. Sheen no negaba el sufrimiento. Negaba que el hombre se agote en sus heridas. El yo que se toma a sí mismo como proyecto único termina en una cárcel de espejos. La realización, para él, no era “encontrarse”. Era darse: a la verdad, a un oficio, a una esposa, a un Dios que no es coach. En la era del branding personal esa frase es casi un anatema. Por eso sigue vigente.
El medio, que él usó y que ahora usa al hombre
Sheen entendió antes que McLuhan popularizara la fórmula que el medio no es neutro. La radio exige voz y argumento. La televisión exige rostro, ritmo, un objeto —la tiza— que organice la mirada. Él no se dejó comer: sometía los textos, ensayaba el tiempo, no improvisaba doctrina. El 90% era trabajo. El 10%, el golpe de efecto.
Compare el lector eso con el apostolado digital de ahora. El clip de doce segundos. El sacerdote que predica como stand-up. El laico que convierte la Eucaristía en contenido. El obispo que tuitea como jefe de prensa. Sheen usó el prime time para que la gente pensara media hora. El influjo actual usa la fe para que la gente no se vaya al siguiente Reel. No es la misma operación. Una sirve al mensaje. La otra sirve al algoritmo y llama a eso “nueva evangelización”.
También hay que decir lo otro, porque El Tuqueque Noticias no beatifica al aparato. La Iglesia que lo declara beato es la misma que tardó siete años extra en hacerlo. En 2012 Benedicto lo declaró venerable. En 2019 Francisco aprobó el milagro —el niño James Fulton Engstrom, nacido sin pulso, cuya familia atribuyó la recuperación a la intercesión de Sheen— y la ceremonia quedó fijada en Peoria para diciembre. Tres semanas antes, el Vaticano la aplazó: Rochester y otros obispos pidieron revisar su paso como obispo (1966-1969) y el manejo de sacerdotes acusados. Hubo, además, un pleito sórdido por el cadáver entre Nueva York y Peoria. Los restos volvieron a la catedral de Santa María en 2019 por vía judicial. En febrero de 2026, ya con León XIV, Roma dio luz verde. La investigación neoyorquina, según el relato oficial, no halló motivo para seguir frenando. “Sheen is clean”, dijeron los promotores.
Eso no convierte el atraso en una cacería injusta por definición. El siglo de los abusos obliga a no canonizar a ciegas a nadie que haya gobernado una diócesis. Tampoco convierte a Sheen en chivo expiatorio. El expediente, abierto, revisado y reabierto, es parte de la historia. Quien lo oculte para vender el beato de alabastro hace el mismo truco que Sheen detestaba: sustituir la verdad por la campaña.
Por qué este jueves no es solo una misa en Illinois
San Luis no es un capricho logístico. Es el tamaño del recuerdo. Sheen fue, para millones de no católicos, la primera voz inteligente que oían salir de una Iglesia que Estados Unidos había tratado durante décadas como tribu inmigrante y sospechosa. No americanizó el dogma. Catolizó el living. En plena Guerra Fría, con Stalin en el aire y el psicoanálisis en las revistas, un obispo con tiza les dijo que el alma existía y que el tedio era un problema teológico.
El 2026 que lo beatifica es un país —y un Occidente— que ha invertido esa lección. Los medios ya no disputan la atención de Sheen: la han industrializado. La familia ya no es el lugar donde se oye al obispo a las ocho: es el lugar donde cada miembro va a su propia guerra cultural con airpods. La escuela ya no discute si el maestro es custodio de la verdad: discute qué verdades están prohibidas. La fe, cuando aparece en pantalla, suele pedirle perdón al siglo o gritarle al siglo. Sheen no hacía ni lo uno ni lo otro. Pensaba en voz alta y confiaba en que el oyente tenía cerebro.
Eso, y no el ferraiolo morado, es lo que justifica la tinta. Un beato de estudio de televisión podría ser una anécdota americana. Un hombre que demostró que el medio de masas todavía puede servir a un argumento difícil es una tesis. La tesis sigue abierta. Cada vez que un sacerdote convierte el Evangelio en contenido, cada vez que una universidad católica se avergüenza de Tomás, cada vez que una familia entrega a los hijos al feed para tener paz, Sheen está, sin estampa, haciendo la pregunta que su programa ya tenía en el título.
La vida merece ser vivida. No merece ser scrolleada. Hoy Roma le pondrá el título de beato. El trabajo sucio —usar la pantalla sin vendérsela al vacío— sigue siendo de los vivos aquí y ahora.
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Magnifica Humanitas: La resistencia escatológica de León XIV ante la deriva tecnocrática y el espejismo de la Inteligencia Artificial

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